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En busca de lo inútil: una defensa para «El edifício no importa»

Íntegra del discurso leído a modo de defensa de la tesis de magíster «El edificio no importa» guiada por Germán Hidalgo.
Nov 19, 2012, 18.30 hrs.

 

Buenas tardes.

Agradezco la consideración y esfuerzo de los profesores de esta comisión por sus presencias en el día de hoy.

Hace más de un año, en septiembre del año pasado, he sometido por primera vez esta tesis a evaluación. Luego he hecho algunas correcciones, desarrollos y expansiones, que en general, considero superficiales. No quiero negar con esto la contribución de los comentarios y críticas que fueron hechos a ella. Los considero muy acertados y pertinentes. Las conversaciones subsiguientes, además, que tuve con todos los profesores evaluadores me aportaron en gran medida.

De un año hacia acá –sin querer plantear una excusa–, me he olvidado de varias cosas que he formulado, pero he avanzado en muchas otras. Todas nacidas de esta tesis. Y debido en gran parte a las sugerencias extra-disciplinares de mi profesor guía, Germán, a quien debo muchísimo, más allá de esta tesis, de la academia y de la arquitectura. Sobre estas ideas nacidas, es que me gustaría hablarles, a modo de defensa, y asumiendo que la tesis es conocida. Por ello, pido perdón a los presentes que no la conocen.

Finalmente puedo hablar en primera persona. Esto por cuatro motivos. El primero es que soy yo el que les habla, aunque de hecho, lea. El segundo es que hay un público que puede probar que soy yo el que está leyendo. El tercero es que aquí no pretendo hablar sobre. Simplemente hablo. O mejor, leo algo que yo he escrito. Tal vez, creo. O, quizás, invento. Aquí, finalmente, no hay un segundo objeto que disputa el foco de la atención, pidiendo que hable sobre él. Y el cuarto y último motivo es que aquí, tengo yo irremediablemente que defender mi tesis.

No puedo empezar sin mencionar, y repetir, el hecho que me ha hecho obsesionar, y que por el otro lado, me ha quitado un tremendo peso de la espalda: la precisa y oportuna constatación puesta en juego por George Steiner, que antes ya había sido poetizada en los cuentos de Jorge Luis Borges. Repito la frase, porque no puedo formular una mejor, y encuentro válida la reiteración: «se ha estimado que, desde fines de la década de 1780, se han producido sobre los verdaderos significados de Hamlet veinticinco mil libros, ensayos, artículos, tesis doctorales y contribuciones a coloquios críticos y especializados».

La tesis que trato de defender no es sobre el conocimiento. Me imagino que esto está claro. Pero el conocimiento es irremediablemente inmanente a todas las tesis. Desde mi choque ante la recepción de aquella infinitud de verdaderos significados, no pude no preguntarme y seguir preguntándome: ¿cómo puedo realmente generar conocimiento tras esta aparente superproducción de conocimiento? ¿Cómo superar esta inercia que agota las estanterías de las bibliotecas? Entiendo el conocimiento como el fin último y el objeto abstracto de manipulación de la academia. La tesis –entiendo– es el medio tradicional para alcanzarlo. Con todo, no reproché la tesis –lo que todavía creo que sería la actitud más radical–, sino que la tomé como un hecho, algo fijo e inmutable. Pero la tomé en lo que es su medio de factura tradicional: la escritura. Y en esto traté de ser radical. Si la tesis es sobretodo escritura, y tradicionalmente así ha sido, mi tesis fue solamente escritura. Pero no solamente por este motivo, lo que sería una radicalidad un tanto infantil. Sino también por la creencia y apuesta de que las palabras hacen parte de un mundo ajeno a las cosas, y que por lo tanto parecen no permitir el hablar sobre. Las palabras –me parece– simplemente son, sin complemento, intransitivamente, es decir, tiene su existencia propia, a pesar de las cosas, o más específicamente de su objeto o caso físico-material de estudio. Tengo la impresión que este es el horizonte, quizás inalcanzable, de la escritura: ser. Digo lo mismo para la arquitectura y para todo arte.

Si hay una cosa a la cual yo he tratado de ser fiel, fue a la escritura y a las palabras. Quizás lo haya logrado, quizás no, pero me impuse este horizonte. Puedo decir que traté de pensar cada coma, cada punto, y principalmente cada punto y coma. Cada substantivo, cada adjetivo. Quizás por esto, a veces suene raro el empleo o incluso la existencia de algunas palabras, como por ejemplo, despropositadamente. Traté de ser fiel a la escritura: esto quiere decir por otro lado, que no he buscado el entendimiento de alguien o grupo en particular, sino que he buscado hacer uso de las palabras en lo que ellas son, quieren ser, o debieran ser, y no en cómo se las ocupa, en sus connotaciones, o en sus contextualismos. Me imagino que nuestro entendimiento de ellas es algo accidental, y tal vez un tanto frustrante desde y para su universo.

Por esta, posiblemente inútil, fidelidad, la tesis o yo mismo hayan parecido poco modestos. Pero tengo la impresión que ningún escrito es ni modesto ni arrogante, ya que estos son adjetivos que caracterizan a los hombres, y que por lo tanto se refieren al autor. De este modo, una tesis sería arrogante o modesta en los casos en que lo que predomina es la voz y la personalidad del autor. Un escrito modesto o arrogante no podría ser obra, al estar atado a su autor. No podría ser creación, pues que está preso por su creador. Puedo no haber logrado, pero he tratado de borrarme a mí mismo, con excepción del epílogo y del prólogo póstumo, juzgados necesarios para que fueran hechos ciertos aclaramientos y confesiones, pero los veo como partes innecesarias y ajenas a la tesis.

He tratado de permitir que la tesis tenga existencia propia, y que sea indiferente a mí. He tratado de dejarle ser realmente obra. Y en cuanto obra, un escrito parece dialogar con otros escritos, bajo su lenguaje propio. Una tesis parece dialogar con otras tesis. Nosotros, me parece que somos solamente un detalle que la interpela, nunca en plenitud. Por esto, tal vez, las infinitas lecturas e interpretaciones de una obra, comentarios y críticas. Tengo la impresión que la tesis no es ámbito para la modestia, tampoco para la arrogancia. No hay calce entre substantivo y adjetivo. Para el discurso, la conversación, la discusión, cuando hechos entre al menos dos personas distintas, puede ser que sí. Pero un escrito –tengo la impresión– anhela a la excelencia. Y esto quiere decir, entre otras cosas, que el escrito en general busca ultrapasar los límites y romper las reglas. Es decir, no corroborar con ninguna clase de inercia. Hablo de los escritos de hecho, en cuanto literatura, y por ende, arte. Los demás serían como los edificios sin arquitectura.

Si esta doble fidelidad escritura/conocimiento es aceptada, aunque no necesariamente compartida, o por lo menos vista como una cierta regla del juego, me parece que esta tesis no tendría otra salida que no la creación del Hotel de Larache. Aunque no creo que sea una ‘salida’, como si estuviéramos en un callejón, sino que la imagino que si estuviéramos en un campo abierto en que tengamos que deliberadamente construir un camino propio. Esta creación, que la caracterizo como fiel, me parece algo de lo más inútil. Algo tan inútil como decir lo que uno ya sabe o repetir el propio nombre. No obstante, no me parece una actitud ridícula. Lo ridículo para mí, sería crear un Hotel de Larache distinto u otro Hotel de Larache, es decir, crear otro edificio diferente al original. No niego que al inicio pensé que el Hotel de Larache que creaba en mi tesis era otro. Pero desafortunadamente, no hay como probar lo contrario. No hay pruebas para ello. No hay como probar que el Hotel de Larache construido en San Pedro de Atacama es solo una lectura del Hotel de Larache creado en esta tesis. Finalmente la lectura puede hacerse literalmente e indiferentemente al tiempo cronológico. Lo difícil, tengo la impresión, es crear lo mismo. Lo otro siempre se crea. Lo que no quiere decir que no sea algo válido. Pero lo mismo es algo casi imposible, y quizás pida por otro medio para constituirse o por otra realidad en que existir. Esto para mí es una actitud que va mucho más allá de la arquitectura y escritura. Sin embargo, esta nunca fue una meta a ser alcanzada, sino un horizonte, por sí mismo inalcanzable, pero que hizo que yo tuviera un norte. Esto, he tratado un tanto inconscientemente de explicitar en los capítulos que dan forma a la tesis. Cada uno es diferente al otro, sus temas son distintos, sus tiempos son distintos, sus metodologías son distintas, sus extensiones son distintas, su escritura es distinta. Cada uno intenta crear una parte o una característica del edificio.

Deliberadamente puse el capítulo Conjeturas al inicio. Es el único que no presenta ningún tipo de metáfora o connotación. Toda su escritura es literal. Es el capítulo más extenso y busca dar cuenta de todo el proceso proyectual del edificio. Su lenguaje es crudo, pero el Hotel de Larache nunca lo he entrevisto como un edificio agradable o fácil de acceder. La lectura del capítulo exige en cierta medida un papel y un lápiz en manos. Su apuesta es que él es el proceso proyectual del Hotel de Larache. No hay otro. No hay ninguna referencia, ninguna nota, ningún dato ni ningún vestigio que lo confirme o lo demuestre. La apuesta es por cierta creencia frente a una actitud de fidelidad, ahora hacia la obra. El capítulo, justo el primero, es oblicuo a las formalidades de lo que se supone ser un cuaderno de tesis. Además, me imagino que no llega siquiera a ser ensayo. Pero es el capítulo que más fuertemente batalla por alcanzar el horizonte del conocimiento. Le sostiene una apuesta por el conocimiento indirecto, subjetivo, por ende singular y por ende múltiple, quizás infinito. Al contrario del conocimiento objetivo u objetivizado, expuesto y demostrado claramente. No niego la importancia de estos hallazgos, pero tengo la impresión que la cantidad en muchas oportunidades destruye la calidad, y me parece que es lo que ocurre y sigue ocurriendo.

Lo que me parece tras haber dicho todo esto, es que hablar de arquitectura es poco importante. Y creo que vale el cliché. Quizás porque, así como todo arte, es algo demasiado individual y singular. Yo diría que es profundamente egoísta, como la actitud más radical de borrarse a sí mismo. Tal vez la arquitectura deba ser idealizada y creada. Pero discutida, tengo mis dudas. Discutir sobre arquitectura me parece algo muy objetivo, directo, restricto. Pero todo lo que he dicho hasta aquí me sirve, y creo que sirve en general, para la arquitectura.

El edificio no importa no es sino un elogio a Magritte; un afirmar de otra manera. La apuesta por un despretenciosismo hacia el edificio, por un profundo egoísmo en la creación, y por un extremo respeto y fidelidad hacia él. Tengo la impresión que las obras sin importancia son las más importantes. Como dijo en 1974, el poeta brasilero Manuel de Barros: «Todo aquello que nos lleva a cosa ninguna y que usted no puede vender en el mercado como, por ejemplo, el corazón verde de los pájaros, sirve para poesía».

Finalmente, me gustaría desarrollar un poco más lo que encuentro que es el principal tema de esta tesis, el problema que enfrenta el Hotel de Larache: el arte. Tengo muy claro que el arte es un tema corriente, tanto en la práctica de la arquitectura cuanto en la investigación en arquitectura. Pero tengo la impresión que el arte, del mismo modo que el paisaje, la identidad, la técnica y otros términos, han sido banalizados por su uso. El arte no es espontaneidad. Las investigaciones prácticas de Michel Duchamp, Jackson Pollock y John Cage, me parece que abrieron una caja de pandora, que llevaron, probablemente sin intención previa, a su actual banalización, y luego a lo que me parece ser un estado de anestesia. Donde antes estábamos acostumbrados a ver ornamentos, ahora vemos carteles contra el tabaco, y pornografía. Queriendo o no, nos anestesiamos a cada día. Me parece que los mensajes de hoy tienen que ser directos, objetivos, claros, y sin ambigüedad. Además, y quizás más importante, hay que haber mensaje. El silencio hoy día, me parece, es algo poco admisible. Y el arte queda desplazado a la mera espontaneidad. O tal vez, al trazo artístico, es decir, a la imagen de arte. Tengo la impresión que de la producción contemporánea que se denomina arte se dice arte porque tiene imagen de arte. Pero que parecen huecas de contenido artístico. Con esto quiero decir que no hablan más que de su autor, su mano, y sus ideas. Pido perdón por mis planteamientos basados en impresiones poco fundamentadas, pero sostengo que el arte no tiene apariencia de arte y no hace referencia a su autor.

El arte, me parece, es sobretodo inútil. Y para alcanzar tal inutilidad, me parece que autoría y apariencia son condiciones esenciales que sean olvidadas, aunque sea de las más difíciles faenas. Las obras de Duchamp, Pollock y Cage hablan de Duchamp, Pollock y Cage. Yo diría que el Hotel de Larache ni siquiera habla, y es huérfano. Para hacer arte, para hacer arquitectura, para hacer poesía, es innecesario decirlo, aunque, lamentablemente, yo tenga que hacerlo aquí.

Termino, no sin inocencia e intención, con algunas palabras que quizás hayan sido leídas o escuchadas por el Pierre Menard de Jorge Luis Borges:

«Los verdaderos poemas son incendios.  La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.
Se debe escribir en una lengua que no sea materna.
Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte.
Un poema es una cosa que será.
Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser.
Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.
Huye del sublime externo si no quieres morir aplastado por el viento.
Si yo no hiciera al menos una locura por año, me volvería loco.»
—Palabras del Altazor de Vicente Huidobro.

Todo lo que he dicho es parte del ser del Hotel de Larache.

Muchas Gracias.

 

Íntegra del discurso leído a modo de defensa de la tesis de magíster «El edificio no importa» guiada por Germán Hidalgo.
Nov 19, 2012, 18.30 hrs.

Lea la tesis completa.

Vea el video que dio origen a la tesis.

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