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El Edificio no importa, una introducción

“Soy quien no es, quien hizo secesión, el separado, o incluso como se dice, aquel en quien el ser es cuestionado. Los hombres se afirman por el poder de no ser: así actúan, hablan, comprenden, siempre distintos de por qué son, escapando del ser por un desafío, un riesgo, una lucha que llega hasta la muerte y que es la historia. Es esto lo que Hegel mostró. “Con la muerte comienza la vida del espíritu.” Cuando la muerte se vuelve poder, el hombre comienza, y este comienzo dice que para que haya mundo, para que haya seres, es necesario que el ser falte.” —M. Blanchot, 1955.

De la charla de Rafael Moneo The Solitude of Buildings, se puede hacer algunas consideraciones: se habla desde el edificio justamente porque él es la síntesis de las múltiples presencias –utilizando un término del autor– que involucran la obra de arquitectura, y el espejo que desvela tales presencias; se habla a partir del edificio porque él es el hecho de la arquitectura, lo que queda decantado en la realidad material y cotidiana. El edificio existe, siguiendo la visión de Moneo, en cuanto materialización de fuerzas centrípetas, y a la vez, fuerzas centrífugas materializadas; existe en cuanto materia y realidad, pero su sustancia, aquello que le da consistencia, aquello que lo hace Arquitectura, es inmaterial y ficticio. Decía Moneo:

“El edificio mismo se mantiene solo, en completa soledad –sin más declaraciones polémicas, sin más problemas. Él ha adquirido su definitiva condición y permanecerá solo para siempre, maestro de sí mismo. Me gusta ver el edificio asumir su condición propia, vivir su propia vida. Por tanto, no creo que la arquitectura sea solamente la superestructura que introducimos cuando hablamos sobre edificios. Prefiero pensar que la arquitectura es el aire que respiramos cuando los edificios hayan alcanzado su radical soledad.”1

La arquitectura parece ser un último suspiro del arquitecto. Lo que queda de él es el edificio, lo cual decanta como fuente de su propia irrelevancia –y, quizás, innecesidad–.

Un año más tarde, Robin Evans publicaba su Translations from Drawing to Building,2 un ensayo que puede ser considerado, en no poca medida, una discusión sistemática de los puntos levantados por Moneo, y una extensión de su discurso. El problema coincide: la reciente sobrevaloración del dibujo en cuanto fin, y no en cuanto medio para la creación de la arquitectura. Ello se debe, en primera instancia, como observan ambos autores, a la tradicional desvinculación de la labor del arquitecto respecto a la cosa misma, al contrario de los pintores y escultores. Es decir, el arquitecto, aunque sepa y pueda llegar a construir su propia obra, no la construye, o la construye con necesaria ayuda de otros. En sus palabras:

“El boceto y la maqueta están mucho más cerca de la pintura y la escultura de lo que un dibujo lo está de un edificio, y el proceso de desarrollo –la formulación– rara vez lleva a una conclusión dentro de estos estudios preliminares. Casi siempre la actividad más intensa es la construcción y la manipulación del artefacto final, siendo el propósito de los estudios preliminares ofrecer la suficiente definición para que comience la obra final y no para facilitar con antelación una determinación completa, como ocurre en el dibujo arquitectónico. El desplazamiento del esfuerzo resultante y lo indirecto del acceso todavía me parece que diferencia más las características de la arquitectura convencional considerada como un arte visual, pero si es necesariamente desventajoso, o no, es otro tema.”3

No obstante, Rafael Moneo agrega otra causa, más reciente, y por lo tanto más directamente vinculada al problema, el desarrollo de las técnicas constructivas, que llevaron a su flexibilización y expansión territorial. Como consecuencia de esta facilidad de acceder a las técnicas y de su empleo por parte de otros, concluye Moneo que el arquitecto se vuelve alienado técnicamente. A su vez, Robin Evans destaca las consecuencias de las recientes teorías de la arquitectura como lenguaje, las cuales permitieron a la arquitectura encerrarse en su propio sistema, negando la comunicación con los demás ámbitos y disciplinas. Moneo y Evans proponen dos líneas para discutir un problema común, dos aproximaciones al mismo tema. De ellas queda patente la autoridad de Moneo en cuanto arquitecto de despacho, y la habilidad de Evans como crítico y teórico. Son lecturas que se potencializan y se complementan; pueden ser hechas casi en paralelo, literalmente.

Del ensayo de Evans se puede entrever la siguiente idea preliminar: que el edificio es a la arquitectura, como el dibujo es al arquitecto. De lo que deriva que el dibujo no es, obviamente, el edificio y no necesariamente posibilita su materialización, así como la arquitectura no es obligatoriamente toda producción por parte del arquitecto. Pero el producto final del arquitecto se supone tradicionalmente ser el edificio, lo que permite decir bajo una referencia cruzada que el dibujo también puede permitir la arquitectura. Al final, quizás lo más importante de esta sentencia lógica presente en las entrelineas del discurso de Evans es la puesta en un mismo nivel del dibujo y el edificio.

Tal sentencia es tanto más obvia si se toma como referencia el prefacio que hace Rafael Moneo a la versión en castellano del libro homónimo al ya citado ensayo de Robin Evans.4 En este prólogo, con el fin de poner en juego un problema, Moneo empieza por hablar de Manfredo Tafuri, y cita justamente el capítulo dedicado a la obra de Piranesi en su La Esfera y el Laberinto, publicado cinco años antes de su charla en Harvard.5 Capítulo que deja patente que el dibujo en sus propiedades intrínsecas también es ámbito de transformación y lleva consigo el potencial de ruptura de los paradigmas, en igual o mayor magnitud que la propia arquitectura. El dibujo es tratado por Tafuri a través de su energia potencial y su inestabilidad. El dibujo como verdaderamente Proyecto, un estado de inminente lanzamiento, simultáneamente creación y pre-creación. Esta era la ambición de Robin Evans, el cual enfatizaba su deseo por escribir una historia de la arquitectura occidental fundada en el modo de operar, es decir, en la manera de entender, concebir y representar la arquitectura, dentro del cual jugaría un rol determinante el punto muerto, para utilizar un término del autor, entre el dibujo y el edificio:6 las posibles trayectorias del proyectil desde su lanzamiento hasta su propagación; las triangulaciones y ramificaciones de los sueños no vividos de la ciudad de Cloe, construida por Ítalo Calvino.7

De aquí que nuevamente se hace aclaradora la visión de Moneo cuando dice:

“La arquitectura implica la distancia entre nuestra obra y nosotros mismos, de modo que al final la obra se mantiene sola, auto-suportada, una vez que haya adquirido su consistencia física. Nuestro placer yace en la experiencia de esta distancia, cuando vemos nuestro pensamiento suportado por una realidad que no más nos pertenece. Lo que es más, una obra de arquitectura, si exitosa, puede borrar el arquitecto.”8

La distancia de Moneo parece ser el punto muerto de Evans.

Y otra vez más, no estaría fuera de lugar preguntarse: ¿y el edificio?

Decía Moneo en su prefacio a la obra de Evans que la prueba de fuego de la arquitectura es la construcción.9 Es decir, el modo y el tiempo para la constitución del edificio. Por lo que la prueba de fuego de la arquitectura no es su posterior concretización en edificio, sino el recorrido hacia él. La arquitectura no es el edificio. La consolidación del edificio no sería más que un punto de inflexión a partir del cual crece vertiginosamente su autonomía en cuanto existencia en la misma proporción en que decae su interés en cuanto producto. Por lo tanto, el placer del arquitecto, veía Evans, estaría en prolongar al máximo este recorrido:

“El tema de este artículo es la traducción, y ahora estoy hablando de transporte. También están esos otros sustantivos idénticamente prefijados: transfiguración, transformación, transición, transmigración, transferencia, transmisión, transmutación, transubstanciación, transposición, transcendencia, cualquiera de los cuales se instalan alegremente en el punto muerto entre el dibujo y su objeto, porque, antes del acontecimiento, nunca podemos estar bastante seguros de cómo viajarán las cosas y qué les sucederá en el camino. Sin embargo, podemos, como De l’Orme, intentar sacar ventaja de la situación prolongando su viaje y manteniendo el control suficiente en el tránsito de manera que se puedan alcanzar destinos mucho más lejanos.”10

Por más inoportuno que parezca, no hay como no comparar la constitución del edificio, a la luz de los escritos de Evans y Moneo, el vacío que conlleva el término de un trabajo, con la propia muerte. El edificio no importa, pero es lo que le parece dar sentido a la arquitectura, a las ideas, al dibujo, al proyecto, a la construcción, y sus múltiples distancias y traducciones. De manera análoga, mientras lo inevitable es la vida, o tal vez vivir, lo que le parece dar sentido es la muerte: la radical soledad del ser humano, su espacio-tiempo ciego, la pregunta sin respuesta, el último horizonte inalcanzable.

Para que haya edificio, para que se constituya obra, es necesario que el arquitecto falte.

 

  1. “The building itself stands alone, in complete solitude -no more polemical statements, no more troubles. It has acquired its definitive condition and will remain alone forever, master of itself. I like to see the building assume its proper condition, living its own life. Therefore, I do not believe that architecture is just the superstructure that we introduce when we talk about buildings. I prefer to think that architecture is the air we breathe when buildings have arrived at their radical solitude.” Rafael Moneo, The Solitude of Buildings: Kenzo Tange Lecture March 9, 1985, Cambridge, Mass., Harvard University Graduate School of Design, junio 1986. Traducción libre del autor.
  2. Robin Evans, Translations from Drawing to Building, Londres, AA Files n. 12, verano 1986.
  3. Robin Evans, Traducciones, España, Pre-Textos, 2005, p. 170.
  4. Rafael Moneo, “Prefacio”, en Robin Evans, Traducciones, España, Pre-Textos, 2005.
  5. Manfredo Tafuri, “‘El arquitecto loco’: Giovanni Battista Piranesi, la heterotopía y el viaje”, en su La Esfera y el Labirinto, Barcelona, Editorial Gustavo Gili, 1984 (1980).
  6. Robin Evans, Traducciones, España, Pre-Textos, 2005, p. 204.
  7. Italo Calvino, “Las ciudades y los intercambios 2”, en su Las ciudades invisibles, Madrid, Siruela, 1999 (1972).
  8. “Architecture implies the distance between our work and ourselves, so that in the end the work remains alone, self-supported, once it has acquired its physical consistency. Our pleasure lies in the experience of this distance, when we see our thought supported by a reality that no longer belongs to us. What is more, a work of architecture, if successful, may efface the architect.” Rafael Moneo, The Solitude of Buildings: Kenzo Tange Lecture March 9, 1985, Cambridge, Mass., Harvard University Graduate School of Design, junio 1986. Traducción libre del autor.
  9. Rafael Moneo, “Prefacio”, em Robin Evans, Traducciones, España, Pre-Textos, 2005, p. 13.
  10. Robin Evans, Traducciones, España, Pre-Textos, 2005, p. 200.

 


 

O Ediício não importa, uma introdução

Sou quem não é, quem fez secessão, o separado, ou inclusive, como se diz, aquele em quem o ser é questionado. Os homens afirmam-se pelo poder de não ser: assim atuam, falam, compreendem, sempre distintos de por quê são, escapando do ser por um desafio, um risco, uma luta que chega até a morte e que é a história. É isto o que Hegel mostrou. “Com a morte começa a vida do espírito.” Quando a morte se torna poder, o homem começa, e este começo diz que para que haja mundo, para que haja seres, é necessário que o ser falte. —M. Blanchot, 1955.

Da conferência de Rafael Moneo The Solitude of Buildings se pode fazer algumas considerações: se fala desde o edifício justamente porque ele é a síntese das múltiplas presenças –utilizando um termo do autor– que envolvem a obra de arquitetura, e o espelho que desvela tais presenças; se fala a partir do edifício porque ele é o fato da arquitetura, o que fica decantado na realidade material e cotidiana. O edifício existe, seguindo a visão de Moneo, em quanto materialização de forças centrípetas, e ao mesmo tempo, forças centrífugas materializadas; existe em quanto matéria e realidade, porém sua substância, aquilo que lhe dá consistência, aquilo que o faz Arquitetura, é imaterial e fictício. Dizia Moneo:

“O edifício mesmo descansa solitário, em completa solidão –sem mais declarações polêmicas, sem mais problemas. Ele adquiriu sua definitiva condição e permanecerá só para sempre, mestre de si mesmo. Eu gosto de ver o edifício assumir sua condição própria, vivendo sua própria vida. Portanto, eu não acredito que arquitetura é somente a superestrutura que introduzimos quando falamos sobre edifícios. Prefiro pensar que arquitetura é o ar que respiramos quando os edifícios tenham alcançado sua radical solidão.”1

A arquitetura parece ser um último suspiro do arquiteto. O que fica dele é o edifício, o qual decanta como fonte de sua própria irrelevância –e, talvez, desnecessidade–.

Um ano mais tarde, Robin Evans publicava seu Translations from Drawing to Building,2 um ensaio que pode ser considerado, em não pouca medida, uma discussão sistemática dos pontos levantados por Moneo, e uma extensão de seu discurso. O problema coincide: a recente sobrevalorização do desenho em quanto fim, e não em quanto meio para a criação da arquitetura. Isso se deve, em primeira instância, como observam ambos autores, à tradicional desvinculação do labor do arquiteto com respeito à coisa mesma, ao contrário dos pintores e escultores. Ou seja, o arquiteto, embora saiba e possa chegar a construir sua própria obra, não a constrói, ou a constrói com necessária ajuda de outros. Em suas palavras:

“O bosquejo e a maquete estão muito mais perto da pintura e escultura do que um desenho está de um edifício, e o processo de desenvolvimento –a formulação– rara vez leva a uma conclusão dentro destes estudos preliminares. Quase sempre a atividade mais intensa é a construção e a manipulação do artefato final, sendo o propósito dos estudos preliminares oferecer a suficiente definição para que comece a obra final e não para facilitar com antelação uma determinação completa, como ocorre no desenho arquitetônico. O deslocamento do esforço resultante e o indireto do acesso ainda me parece que diferencia mais as características da arquitetura convencional considerada como uma arte visual, porém se é necessariamente desvantajoso, ou não, é outro tema.”3

Não obstante, Rafael Moneo agrega outra causa, mais recente, e portanto mais diretamente vinculada ao problema, o desenvolvimento das técnicas construtivas, que levaram a sua flexibilização e expansão territorial. Como consequência desta facilidade de acesso às técnicas e de seu emprego por parte de outros, conclui Moneo que o arquiteto se torna alienado tecnicamente. Por sua vez, Robin Evans destaca as consequências das recentes teorias da arquitetura como linguagem, as quais permitiram à arquitetura encerrar-se em seu próprio sistema, negando a comunicação com os demais âmbitos e disciplinas. Moneo e Evans propõem duas linhas para discutir um problema comum, duas aproximações ao mesmo tema. Delas, fica patente a autoridade de Moneo em quanto arquiteto de escritório, e a habilidade de Evans como crítico e teórico. São leituras que se potencializam e se complementam; podem ser feitas quase em paralelo, literalmente.

Do ensaio de Evans se pode entrever a seguinte ideia preliminar: que o edifício é para a arquitetura, assim como o desenho é para o arquiteto. Do que deriva que o desenho não é, obviamente, o edifício e não necessariamente possibilita sua materialização, assim como a arquitetura não é obrigatoriamente toda produção por parte do arquiteto. Porém o produto final do arquiteto se supõe tradicionalmente ser o edifício, o que permite dizer sob uma referência cruzada que o desenho também pode permitir a arquitetura. Ao final, talvez o mais importante desta sentença lógica presente nas entrelinhas do discurso de Evans é a posta num mesmo nível desenho e edifício.

Tal sentença é tão mais óbvia se se toma como referência o prefácio que faz Rafael Moneo à versão em castelhano do livro homônimo ao já citado ensaio de Robin Evans.4 Nesse prefácio, com o fim de pôr em jogo um problema, Moneo começa por falar de Manfredo Tafuri, e cita justamente o capítulo dedicado à obra de Piranesi em seu A Esfera e o Labirinto, publicado cinco anos antes de sua conferência em Harvard.5 Capítulo que deixa patente que o desenho em suas propriedades intrínsecas também é âmbito de transformação e leva consigo o potencial de ruptura dos paradigmas, em igual ou maior magnitude que a própria arquitetura. O desenho é tratado por Tafuri através de sua energia potencial e sua instabilidade. O desenho como verdadeiramente Projeto, um estado de iminente lançamento, simultaneamente criação e pre-criação. Esta era a ambição de Robin Evans, quem enfatizava o desejo por escrever uma história da arquitetura ocidental fundada no modo de operar, isto é, na maneira de entender, conceber e representar a arquitetura, dentro do qual jogaria um papel determinante o ponto cego, para utilizar um termo do autor, entre o desenho e o edifício:6 as possíveis trajetórias do projétil desde seu lançamento à sua propagação; as triangulações e ramificações dos sonhos não vividos da cidade de Cloe, construída por Ítalo Calvino.7

Aqui novamente se faz aclaradora a visão de Moneo quando diz:

“Arquitetura implica a distância entre nosso trabalho e nós mesmos, com isso, ao final, a obra permanece sozinha, autoportante, uma vez que ela tenha adquirido sua física consistência. Nosso prazer reside na experiência dessa distância, quando vemos nosso pensamento suportado por uma realidade que já não nos pertence. O que é mais, uma obra de arquitetura, se bem sucedida, pode ocultar o arquiteto.”8

A distância de Moneo parece ser o ponto cego de Evans.

E outra vez mais, não estaria fora de lugar se perguntar: e o edifício?

Dizia Moneo em seu prefácio à obra de Evans que a prova de fogo da arquitetura é a construção.9 Ou seja, o modo e o tempo para a constituição do edifício. De modo que a prova de fogo da arquitetura não é sua posterior concretização em edifício, senão o percurso até ele. A arquitetura não é o edifício. A consolidação do edifício não seria mais que um ponto de inflexão a partir do qual cresce vertiginosamente sua autonomia em quanto existência na mesma proporção em que decai seu interesse em quanto produto. Portanto, o prazer do arquiteto, enxergava Evans, estaria em prolongar ao máximo esse percurso:

“O tema deste artigo é a tradução, e agora estou falando de transporte. Também estão esses outros substantivos identicamente prefixados: transfiguração, transformação, transição, transmigração, transferência, transmissão, transmutação, transubstanciação, transposição, transcendência, qualquer dos quais se instalam alegremente no ponto cego entre o desenho e seu objeto, porque, antes do acontecimento, nunca podemos estar bastante seguros de como viajaram as cosas e o que lhes sucederá no caminho. Entretanto, podemos, como De l’Orme, tentar tirar vantagem da situação prolongando sua viagem e mantendo o controle suficiente no trânsito de maneira que se possam alcançar destinos muito mais longíquos.”10

Por mais importuno que pareça, não há como não comparar a constituição do edifício, à luz dos escritos de Evans e Moneo, o vazio que suscita o término de um trabalho, com a própria morte. O edifício não importa, mas é o que parece dar sentido à arquitetura, às ideias, ao desenho, ao projeto, à construção, e suas múltiplas distancias e traduções. De maneira análoga, enquanto o inevitável é a vida, ou talvez viver, o que lhe parece dar sentido é a morte: a radical solidão do ser humano, seu espaço-tempo cego, a pergunta sem resposta, o último horizonte inalcançável.

Para que haja edifício, para que se constitua obra, é necessário que o arquiteto falte.

 

  1. “The building itself stands alone, in complete solitude -no more polemical statements, no more troubles. It has acquired its definitive condition and will remain alone forever, master of itself. I like to see the building assume its proper condition, living its own life. Therefore, I do not believe that architecture is just the superstructure that we introduce when we talk about buildings. I prefer to think that architecture is the air we breathe when buildings have arrived at their radical solitude.” Rafael Moneo, The Solitude of Buildings: Kenzo Tange Lecture March 9, 1985, Cambridge, Mass., Harvard University Graduate School of Design, junio 1986. Tradução livre do autor.
  2. Robin Evans, Translations from Drawing to Building, Londres, AA Files n. 12, verano 1986.
  3. Robin Evans, Traducciones, España, Pre-Textos, 2005, p. 170.
  4. Rafael Moneo, “Prefacio”, em Robin Evans, Traducciones, España, Pre-Textos, 2005.
  5. Manfredo Tafuri, “‘El arquitecto loco’: Giovanni Battista Piranesi, la heterotopía y el viaje”, em seu La Esfera y el Labirinto, Barcelona, Editorial Gustavo Gili, 1984 (1980).
  6. Robin Evans, Traducciones, España, Pre-Textos, 2005, p. 204.
  7. Italo Calvino, “Las ciudades y los intercambios 2”, em seu Las ciudades invisibles, Madrid, Siruela, 1999 (1972).
  8. “Architecture implies the distance between our work and ourselves, so that in the end the work remains alone, self-supported, once it has acquired its physical consistency. Our pleasure lies in the experience of this distance, when we see our thought supported by a reality that no longer belongs to us. What is more, a work of architecture, if successful, may efface the architect.” Rafael Moneo, The Solitude of Buildings: Kenzo Tange Lecture March 9, 1985, Cambridge, Mass., Harvard University Graduate School of Design, junio 1986. Tradução livre do autor.
  9. Rafael Moneo, “Prefacio”, em Robin Evans, Traducciones, España, Pre-Textos, 2005, p. 13.
  10. Robin Evans, Traducciones, España, Pre-Textos, 2005, p. 200.

 

Via ArchDaily Brasil

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